SOBRE NIÑOS, EDADES MÍNIMAS Y REDES SOCIALES

Facebook, a través de uno de sus directivos en el Reino Unido, se reconoce incapaz de impedir la presencia de menores de trece años en la red social y afirma no contar con un mecanismo efectivo para controlar dicha presencia. Más aún, afirma que los menores cuentan, en un significativo número de casos, con la complicidad de sus padres a la hora de falsear su edad.

El tema es, precisamente, ese “elefante en la habitación” que nadie quiere ver: mientras las leyes de muchos países, en un intento de proteger los derechos de los menores, establecen límites de edad mínimos para abrirse cuenta en una red social, la cada vez más ubicua presencia de éstas en la vida cotidiana lleva de manera indefectible a que los menores, expuestos a centenares de anuncios y llamadas atractivas desde otros medios, decidan ponerse la ley por montera y, con complicidad de sus padres o completamente a escondidas, se abran cuenta en dichas redes simplemente falseando su edad. Yo mismo reconozco haber ayudado a mi hija a abrirse cuenta en numerosos servicios mucho antes de que tuviese dicha edad, y el resultado no pudo ser más satisfactorio en todos los sentidos.

Tener leyes que no solo no pueden ser adecuadamente supervisadas, sino que además no responden a la voluntad ni de aquellos a los que pretende proteger ni de los padres o tutores legalmente responsables de su protección, genera una serie de problemas importantes: en primer lugar, generaliza la idea de que las leyes pueden ser ignoradas o flexibilizadas en función de los intereses de aquellos a quienes afecta. Hoy incumplo una ley para apuntarme a Facebook porque quiero estar allí y porque están todos mis amigos, mañana distraigo en mi declaración de renta estos ingresos porque me interesa y porque “total, lo hace todo el mundo”.

En segundo lugar, da lugar a un abuso del sistema: una parte significativa de las denuncias que algunas redes sociales reciben avisando de que un usuario determinado tiene menos edad que la requerida para tener cuenta en el servicio provienen de procesos de bullying: nos caes mal, y entonces te denunciamos varios a la vez y provocamos que te cierren el perfil. Es parte del escenario del que avisábamos hace ya mucho tiempo: los padres no tienen que preocuparse de que su hijo tenga perfil en una red social… tienen que preocuparse si no lo tiene.

Tercero, la nociva idea de que hay cosas que forman parte de su rutina y actividad diaria, pero que tienen que ocultar. Sea una ocultación a la empresa que ofrece el servicio – malo – o a sus padres – peor -, la acción tiene consecuencias muy poco deseables. Un niño de doce años con perfil en una red social que ha mentido y ha afirmado tener, como en muchos casos que he visto, dieciséis o dieciocho, puede encontrarse con publicidad inadecuada o con situaciones para las que no necesariamente está preparado. Y la responsabilidad de ello no es suya por incumplir unas leyes mal planteadas, sino de quien planteó esas leyes mal y pretendió ignorar la realidad que había detrás de ese fenómeno. No se puede esperar seriamente que unos niños a los que se bombardea constantemente con el mensaje de que “todo está en las redes sociales” se mantengan alejados de ellas “porque lo dice la ley”.

¿Soluciones? Mi impresión es, en primer lugar, que éstas no pasan por sistemas de prohibición inasumibles. Que hay que aceptar que los niños van a estar presentes en las redes sociales sí o sí, y que partiendo de esa situación indefectible, el perjuicio es mayor si esa presencia está escondida debajo de la alfombra por unas normas que supuestamente la prohiben. Si se retiran esas prohibiciones, se podrá asumir la idea de que esos usuarios están ahí, y que deben recibir un trato algo diferente. No “agresivamente diferente”, porque si fuese así seguirían optando por mentir, pero sí levemente diferente en cuanto a temas de publicidad, retención de datos o relación con otros usuarios. Podrían llevarse a cabo políticas de educación a padres y tutores legales tendentes a generalizar la idea de que el ordenador no es una baby-sitter, y que de la misma manera que debemos tener interés e inquietud por saber en casa de quién o en dónde están nuestros hijos, debemos tenerlo por saber qué están haciendo durante ese tiempo que pasan en la red social.

Como padre, no solo colaboré con mi hija cuando quiso entrar en redes sociales sin tener la edad requerida para ello, sino que además, lo habría defendido ante quien hubiese sido necesario. La experiencia de la red social a edades anteriores a las que ahora teóricamente se restringen debería convertirse en algo positivo, en una manera de educar en el uso de un entorno que ya forma parte de su realidad presente y que sin duda formará parte de su realidad futura. No se trata de restringir irracionalmente el uso de la red social en “modo castigo”, sino de racionalizar su uso con las actitudes adecuadas que eviten un enfrentamiento directo y la subsiguiente ocultación. No restringir el uso, sino controlar el abuso. Como en todo lo relacionado con la educación, cuestión de entender cuánto puede tensarse la cuerda. Y por parte de las redes sociales, la sensibilidad adecuada para, una vez “regularizada” la presencia de usuarios de estas características, tratarlos adecuadamente. Creo, sinceramente, que a la actual política basada en la restricción le queda ya muy poco recorrido.

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